Vivir una infancia con uno o dos progenitores en prisión no es una situación fácil. No obstante, es una realidad experimentada por una parte significativa de la población. Según cálculos de Children of Prisoners Europe, en 2022, España contaba con 66.471 niños/as con uno o dos de sus progenitores en prisión. Esto supone que haya una 1,3 hijos/as por recluso/a.
Estos mismos datos se refuerzan con un estudio realizado en 2023 por el Observatori Català de la Justícia en Violència Masclista. Esta institución sostiene que el 73% de las 465 mujeres reclusas de Cataluña son madres. Estos datos están bastante por encima de los 1,12 hijos/as por mujer de la media nacional.
Desde Fundación Esplai, estamos en pleno desarrollo del proyecto Escuela de Convivencia para analizar, comprender y satisfacer las necesidades de los menores de edad con un progenitor en prisión. La entrada en prisión no solo es vivida por la población reclusa. También es sufrida por los hijos e hijas que los acompañan.
Pero, las intervenciones y actuaciones no solo deben enfocarse en esos menores de edad. Es importante que los diferentes sectores que intervienen con esos niños y niñas estén preparados para ayudar a unos menores de edad que viven una situación anómala y, en muchas ocasiones, difícilmente comprendida.
La entrada de un padre o una madre en prisión puede provocar en un estudiante un descenso de su rendimiento académico. El niño/a afectado/a por esta circunstancia puede ver como su atención en clase disminuye, que se quede aislado/a y pierda las amistades que cultivó, o que no sepa cómo reaccionar en días tan señalados como Navidad, el Día del Padre o el Día de la Madre.
En el ámbito educativo, el profesorado debe ser comprensivo con los alumnos/as que tienen un progenitor en prisión. Además, en múltiples ocasiones, la experiencia del encarcelamiento de un padre o madre se ve agravada por factores como problemas económicos en la familia. Muchos estudios han demostrado que la entrada en prisión y la precariedad laboral está claramente asociada. Además, la entrada en un centro penitenciario de una persona provoca que su familia tenga que gastar mucho dinero en una posible fianza, representación legal o desplazamientos hacia la prisión.
Por lo tanto, los colegios con menores que tengan un progenitor en prisión deben contar con profesores/as sensibilizados/as en la materia. Para que eso sea posible, es necesario formar a la plantilla de profesores para que la atención hacia los niños/as con padre o madre en prisión sea la mejor posible. Al igual que se forma a los profesores/as que tratan con alumnado con discapacidad o neurodivergencias, se debe hacer lo mismo en el caso de alumnos/as que viven lejos de una de sus figuras de referencia y cuidado.
Además, es esencial que se garantice que esos niños/as puedan acudir a un psicólogo/a infantil cuando lo necesiten. Si los menores de edad con un padre o madre en prisión no ven su salud mental atendida, pueden llegar a reproducir los hábitos que llevaron a su padre o madre a un centro penitenciario. También tienen un mayor riesgo de romper el vínculo con sus progenitores porque no se les explica de forma correcta qué supone la entrada en prisión.
Para evitar que esos niños/as sufran durante su infancia, deben contar a su lado con un equipo de psicólogos/as y educadores/as sociales que les ayuden a comprender cómo lidiar con esta realidad. Según un estudio de la Confederación Salud Mental España de 2024, aproximadamente 1 de cada 4 jóvenes de entre 13 y 18 años ha tenido problemas de salud mental en el último año. Por lo tanto, la salud mental de los menores de edad tiene que ser atendida de forma urgente y, sobre todo, si se dan factores de vulnerabilidad como el ingreso en prisión de un padre o una madre.
A pesar de la importancia de la intervención fuera de la cárcel, cuando un niño/a visita a su padre o madre en un centro penitenciario, el personal funcionario debe ser sensible con los menores de edad que participan en un vis a vis o una comunicación por cristal. No se puede tratar de la misma forma a una persona adulta y madura que a un niño/a que vive lejos de su padre o madre.
Además, una parte significativa de la población penitenciaria reclama que las salas en las que se reúnen los reclusos/as con sus hijos/as cuenten con más juguetes, decoración infantil y colores vivos. Es importante que los niños/as puedan sentirse cómodos/as y estar en espacios que les sean amables y no les genere hostilidad.
Otra reclamación de los reclusos/as es aumentar el tiempo y frecuencia de las comunicaciones con sus hijos/as. La poca frecuencia de los permisos o vis a vis convivenciales, y la duración tan escasa de las llamadas y videollamadas en prisión hace que la comunicación con esos niños/as sea muy difícil de mantener con el paso del tiempo.
En definitiva, hay que tratar de garantizar que los colegios, los equipos de psicólogos/as y educadores/as sociales, e Instituciones Penitenciarias escuchen a los hijos/as de personas privadas de libertad. Se debe lograr el cumplimiento del artículo 2 de la Convención sobre los Derechos del Niño. Porque los menores de edad tienen derecho a ser escuchados en todos los asuntos que les afecte.