Durante el 2026, en Fundación Esplai estamos dinamizando un proceso de reflexión y debate en torno al tema “Inteligencia artificial y derechos sociales en el Tercer Sector”. Hemos entrevistado a diferentes personas expertas que nos aportan conocimiento.
David impulsa proyectos de consultoría, capacitación e innovación tecnológica orientados a fortalecer a las entidades sociales y a facilitar que la tecnología se incorpore de manera útil, segura y alineada con su misión.
Cuenta con una trayectoria profesional que combina la gestión de proyectos, el desarrollo web, el marketing digital, el diseño gráfico y la formación en tecnologías de la comunicación. Formado en Ciencias Ambientales, desarrollador web full stack y programación orientada a objetos, trabaja especialmente en la aplicación de la transformación digital y la inteligencia artificial al Tercer Sector, promoviendo una tecnología con propósito social y centrada en las personas.
1. ¿La inteligencia artificial supone un cambio tecnológico o una nueva forma de entender la intervención social?
Ambas cosas, aunque el cambio principal es organizativo y cultural. La IA obliga a revisar cómo identificamos necesidades, diseñamos proyectos, decidimos y nos relacionamos con las personas.
Puede interpretar información, anticipar necesidades y reducir tareas de gestión, pero también favorecer una intervención automatizada y centrada solo en lo medible. En el Tercer Sector, la tecnología no debe ocupar el centro: deben seguir haciéndolo las personas, sus derechos, su contexto y su participación.
El reto es integrarla sin perder la identidad de la organización, combinando automatización y criterio profesional. Debe ayudarnos a intervenir mejor, no solo más rápido.
2. ¿Qué tareas pueden mejorar con la IA y cuáles deben seguir dependiendo del criterio y la relación humana?
La IA aporta valor en tareas repetitivas y documentales: clasificar información, resumir documentos, preparar borradores, localizar conocimiento, analizar cuestionarios, detectar tendencias, mejorar la accesibilidad o automatizar procesos administrativos.
También puede reducir la carga burocrática de registros, informes, justificaciones y datos duplicados, recuperando tiempo para la atención y el acompañamiento.
No deberían delegarse decisiones que afecten a derechos o trayectorias vitales, como valorar una vulnerabilidad, priorizar una ayuda, gestionar un conflicto o interpretar una historia personal. La IA puede ordenar datos y aportar indicios, pero la decisión debe recaer en una persona responsable.
Tampoco puede sustituir la relación humana: escuchar, generar confianza, acompañar o comprender situaciones que no encajan en categorías previstas. Debe liberar tiempo para aquello en lo que los profesionales son insustituibles.
3. Muchas entidades quieren incorporar IA, pero no saben por dónde empezar. ¿Cuál debería ser el primer paso?
El primer paso no es elegir una herramienta, sino identificar un problema concreto y ver los procesos internos. Contratar una aplicación y buscar después para qué usarla suele generar frustración.
La IA debe responder a una necesidad real: reducir tiempos de informes, mejorar el conocimiento interno, atender consultas, analizar proyectos o mejorar la accesibilidad. Conviene comenzar con un caso pequeño y controlable, con objetivo, responsables, datos, riesgos y criterios de evaluación.
También hay que revisar procesos, documentación, datos, herramientas autorizadas, capacidades del equipo y límites sobre la información sensible. La IA no corrige una mala organización; puede amplificarla. Mal proceso digitalizado sigue siendo un mal proceso.
Un proyecto modesto, evaluado y ligado a una necesidad concreta genera más aprendizaje que una estrategia ambiciosa basada en expectativas. En implantaciones sensibles conviene mantener un control humano paralelo.
4. ¿Qué cambios culturales necesitan las organizaciones para aprovechar la inteligencia artificial?
La tecnología no puede ser responsabilidad exclusiva del área informática. La IA afecta a toda la organización y sus decisiones deben ser compartidas.
Las organizaciones necesitan aprendizaje continuo y espacios para probar, preguntar, equivocarse y compartir resultados. La innovación exige experimentación acompañada.
También hacen falta criterios comunes. Prohibir todas las herramientas no es realista, pero permitir su uso sin orientación tampoco es responsable. Deben definirse herramientas autorizadas, datos permitidos, tareas adecuadas, formas de validación y responsables.
Además, hay que organizar, documentar y compartir el conocimiento interno disperso entre documentos, correos y experiencia profesional. Se requiere una cultura crítica: formular buenas preguntas, contrastar respuestas, detectar errores y sesgos y saber cuándo no usarla. La madurez digital se mide por utilizar la tecnología con propósito y responsabilidad.
5. ¿Qué consejo darías a una entidad social que empieza a trabajar con inteligencia artificial?
Que no empiece por la herramienta, sino por el propósito. La entidad debe preguntarse qué problema quiere resolver, para quién y qué mejora espera conseguir, comprobando si refuerza su misión o solo acelera un proceso que debería replantearse.
La eficiencia no es un fin en sí mismo. Se puede hacer más rápido algo que no aporta valor, recopilar información innecesaria o automatizar una decisión que debería dialogarse. El propósito actúa como brújula: ayuda a elegir casos de uso, fijar límites, valorar riesgos y preservar el papel de la persona. Cuando está claro, la tecnología encuentra su lugar; cuando no, impone su propia lógica.